Migré a España hace unos años

Migré a España hace unos años. Una de mis ilusiones era ser mejor activista. Desde que llegué, estuve dispuesta a darlo todo. Pensé que podría hacerlo; poner lo mejor de mí para defender a los animales. Pero estaba equivocada.

Podría ayudar a los animales de mucha mejor manera si no fuese sudaca. Si líderes de organizaciones no hubiesen usurpado mi trabajo, arguyendo que no era bueno para los animales que alguien con mi acento o mis rasgos sea visible. Podría tener más energías para salvar a los nohumanos si una de esas asociaciones no se hubiera aprovechado de las dificultades ser inmigrante para explotarme laboralmente. Me sería más fácil ayudar a los animales si no se me presumiera como sin experiencia, porque el activismo de allá del Sur “no cuenta”. O si no tuviese que escuchar a activistas describiendo imágenes de maltrato animal como propias de “aborígenes”, cuando esas prácticas violentas más bien se acercan a lo que fueron las tácticas de invasión del Imperio Español y de sus elites poscoloniales.

Estoy aquí desde hace años, y he recibido más invitaciones para dar charlas en Argentina, México o Colombia que en Barcelona, aunque quizás ni haya estado en esos países. Y es que como movimiento, podríamos hacer mucho más por los animales, si las activistas en el Estado español reconocieran que el activismo fuera de su mundo occidental enriquecido existe. Existe, por ejemplo, en casi un continente entero con el que se comparte idioma e historia. Pero aún así, se toma como única referencia Europa o Estados Unidos. Y si se acuerdan de que hay unos pueblitos exóticos al sur, suele ser para ir a darles lecciones de cómo hacer activismo. Como si allá abajo no supiéramos. Como si lo que funciona en Europa fuera universalizable. Mientras, en varios rincones de Latinoamérica, las/os “panchitas/os” (como me han llamado activistas), hemos cerrado laboratorios de experimentación animal para siempre. Hemos prohibido circos animales. Se ha conseguido que algunas nohumanas, como Sandra o Cecilia, sean reconocidas como “sujetos de derechos”. Y en Chile, donde ya se prohibieron siglos de corridas de toros y peleas de gallos, esperamos modificar la constitución para que ésta también incluya a los animales nohumanos.

Un movimiento social que solo conoce la historia escrita por los vencedores, está condenado a perpetuar sus injusticias. Es hora de descolonizar el movimiento antiespecista.

Amulepe taiñ txekan.

Daniela Romero Waldhorn