¿Qué relaciones puede haber entre las luchas por la liberación de las disidencias sexuales y el antiespecismo?

Podría hablar de cómo diverses autores queer han relacionado el feminismo con la lucha por la liberación animal no humana, como Paul B. Preciado cuando afirmaba aquello de “el animalismo es un feminismo expandido y no antropocéntrico”, al entender que las raíces de opresión hacia los animales son compartidas con los sistemas de opresión que sub-humanizan a colectivos humanos vulnerables.

Podría hablar de cómo están interconectadas en rasgos generales (jerarquización del hombre viril sobre el resto de animales -humanos o no- y de cómo este hombre “viril” sustenta su masculinidad no solo sobre la violencia hacia personas queer y mujeres, sino también sobre el consumo de carne que nutriría esa “energía masculina”; cosificación de los cuerpos considerados inferiores, bien por deshumanización, bien por animalización -como ocurre con muchas mujeres trans que son fetichizadas como “criaturas exóticas” sobre las que sacar provecho sexual-; despersonalización apática, proceso por el cual se arrebata al individuo oprimido, humano o no, toda personalidad y emocionalidad, etc.).

Podría hablar de las conexiones entre repensar el género y el sexo como sistemas interrelacionados no dicotómicos que se pueden analizar desde el contexto histórico, la configuración del cuerpo como eje vertebrador de privilegio, y repensar la “especie”, como un constructo no solo científico (que también), sino sociocultural que tuvo como objetivo crear un “elles” -les no humanes- frente a un “nosotres” -les que sí son humanes-. No en vano, algunos textos queer plantearon la necesidad de pensar en un futuro postgénero -libre de imposiciones de género- y en un futuro postespecie -libre de opresiones e imposiciones por especie-.

Cuando pensamos en el sujeto oprimido de todo sistema alienante y articulador de jerarquías y dominaciones, vemos un patrón: el “hombre cis heterosexual funcional para la reproducción” se concibe como “lo humano”, y todo lo demás, como lo menos hombre, y por tanto, lo menos humano. Desde las mujeres desprovistas de la ciudadanía por ser análogas a los animales (hombres no completados, argumentaba Aristóteles) hasta las maricas que disfrutaban del placer anal, poco menos que “animales con los que había que acabar de una vez por todas”. Las mujeres, maricas y trans, somos las cerdas, las puercas, las perras, las lagartas, las víboras.

Podría hablar de todas estas conexiones, pero quien se interesa por la justicia social, probablemente ya haya percibido algunos de estos hilos que entretejen, todos, el mismo telar de opresiones, la telaraña solo atravesable por el hombre blanco cis hetero.

Pero lo cierto es que no llegué a estas conclusiones después de horas y horas de estudio (aunque ayudaron). Llegué desde mi experiencia, desde mi realidad, desde mi vivencia. Y eso es de lo que realmente quiero hablar. Me llamo Mika Domínguez, soy una persona queer, algo que he sabido durante toda mi vida, y puedo decir con total seguridad que mi lucha no es una campo de batalla diferente al antiespecismo, sino que ambos se nutren y se necesitan. Esto no se me hizo evidente hasta que no topé, de casualidad, con un documental: Terrícolas. Me cambió la vida para siempre, porque pude conectar con todo ese dolor y sufrimiento que generamos sobre el resto de animales, salvando las distancias (que son muchas). Y entendí que no podía luchar contra el bullying que había sufrido en la escuela reproduciendo lógicas de masculinidad sobre los cuerpos no humanos, sobre “mi” comida. Que no podía apropiarme de la naturalidad desde una idea de superioridad, porque a mí me han intentado cambiar la naturalidad de mi sexualidad desde una idea de superioridad cisheterosexual. Que no podía gritar al hombre que me gritaba “cucaracha” por ir de la mano con un chico, y luego meterme un “bistec” entre pecho y espalda, un “bistec” que vino de un animal que gritó por su vida hasta el último momento.

No conecté con el antiespecismo porque entendiera la teoría feminista, la teoría queer y el resto de teorías que buscan cuestionar la opresión. No, conecté desde todo lo que yo había vivido. De las “animalizaciones” que hicieron sobre mí (como cuando me cogieron entre varios y me metieron en un cubo de basura al grito de “cerda maricona comepollas”). En ese momento me dolían las comparaciones. Me dolía la animalización, la deshumanización, la despersonalización, la dominación. Y de repente un día, descubrí que yo participé de eso durante muchos años, al dar dinero a quien lanza al cerdo a una sala de “sacrificio” (curiosos los eufemismos que nos creamos), con el mismo desprecio, aunque con peores consecuencias.

No se trata de que no puedas luchar contra tu opresión si no eres plenamente consciente o coherente. No se trata de juicios o purezas. Pero sí de crear puentes, y ver que hay patrones que se repiten en nuestra lucha y en el resto. Conectar con la injusticia que hemos vivido las personas queer es conectar con la injusticia de la dominación y la violencia patriarcal y especista. Es rebelarnos contra ella para generar espacios de unión. Darse cuenta de que une también es un animal. Como todes. Que se nos olvida. Y desde nuestra condición de animal privilegiade ojalá crear un poco de conexión y amor hacia los que están en la última posición de la “cadena alimenticia” (cadena de opresión). Ojalá remover algún corazón, para que todas/es/os luchemos por nuestres hermanes animales. Y, al menos por mi parte, es asumir que sí, que soy una cerda y una maricona. Y qué orgullo. Porque las mariconas, bolleras, bisexuales y trans tenemos mucho poder de transformación. Y las cerdas, terneros, gallinas, peces… ya ni te cuento. A mí me transformaron el corazón. Así que ahí va mi consejo y de lo que realmente quiero hablar: si has vivido lo que es la opresión, o no la has vivido pero empatizas con ello, solo tienes que dejarte transformar en una mejor versión que no alimente las mismas cadenas de violencia que se usaron contra ti.

Mika Domínguez